
Como una pelota de tenis que juega con los dos lados de la red, Bolivia camina entre una profunda transformación democrática no conocida antes en el país y retornar al mismo punto de siempre. El de una sociedad dual, fragmentada en forma de falla, por la que dista un abismo. Por un lado, una clase alta, elitista y segregadora. Por el otro, una mayoría excluida a la que se le quiere seguir negando. Una semana en el segundo país más pobre de América Latina (después de Haití, cuya situación es dramática) es suficiente para palpar la enorme tensión social que envuelve a la nación andina.
Hace meses la feroz oposición a Evo Morales planteó una medida estrategia que tuviera como punto de llegada la caída del Presidente con mayor apoyo popular en una elección democrática en la historia de la República. La "hoja de ruta" se basaba en dos puntos principales: promover una serie de referéndum ilegales en las regiones que conforman la llamada "media luna" (liderada por Santa Cruz, la zona más rica en recursos naturales) y lograr que el Gobierno convocara un referéndum revocatorio al mandato del Presidente, Evo Morales, y del Vicepresidente, Álvaro García Linera.
La primera de las embestidas al Gobierna del MAS (partido de Morales) continuó el camino planeado. Los referéndum se llevaron a cabo (que, además de ilegales, no contaron con ningún tipo de observación que certificara el carácter verdaderamente democrático de la consulta) con el propósito único de dividir al país, apelando a un paradójico tipo de autonomía, donde el poder, en vez de residir en las comunidades, los barrios y los vecinos, se concentrara en las prefecturas.
Ante estas consultas, el Gobierno actuó con calma, evitando un enfrentamiento directo, y permitiendo la realización de los referéndum. La oposición no escatimó en buscar cualquier artimaña que se pudiese convertir en arma arrojadiza frente a Morales. No faltaron sobornos a campesinos, centenares de personas pagadas para marchar contra el Gobierno y extorsiones a quienes se pueden considerar aún hoy vasallos. Puesto que, de hecho, en Santa Cruz, todavía funciona el régimen feudal, el de los grandes terratenientes, con derecho de cobro al paso de sus territorios, y con personas a su cargo sin derechos ni sueldos. Sólo con la "gracia" de vivir de lo que cultiven en un trocito de terreno de su amo.
Estos referéndum de falsa autonomía apenas tuvieron repercusión real. Al carecer de legalidad y aprobarse de forma ilícita antes de la propia aprobación de la nueva constitución. Pero consiguieron parte de su objetivo político: incendiar el país.
La segunda parte de la estrategia pasaba por lograr convocar un referéndum revocatorio. Petición a la que el Gobierno dio paso. Sin embargo, pronto, a la oposición, el tiro le salió por la culata. Las encuestas que éstos manejaban daban una clara victoria de Morales y García Linera, lo que reforzaría la capacidad política y la legitimidad del Gobierno del MAS en mitad de su mandato.
Esta nueva situación lleva a la actual Bolivia. La de un país en el que, literalmente, un día sí y otro también se vuela dinamita en las calles.
Desde que se tuvo conocimiento del posible resultado, la oposición giró en su estrategia (que no en sus intenciones) y ha promovido cuantas tácticas sean posibles para que se anulen, o en el peor de los casos, se deslegitimen los resultados del revocatorio. Una curiosa situación que ha llevado a una esquizofrénica campaña en contra de Morales, al que se acusa de autoritario por querer someterse al dictamen de las urnas, el mismo que meses antes le reclamaron.
La campaña puesta en marcha por la oposición ha sido brutal. Cualquier pretexto (en la mayoría de los casos, lejano a la realidad) ha servido para desestabilizar al país. Se ha intentado hacer un uso adulterado del Tribunal Constitucional, se han promovido huelgas de hambre pagadas a personas sin recursos, se han lanzado discursos manipulados sobre temas sociales sensibles, como el impuesto sobre hidrocarburos o el régimen de pensiones, se han corrido bulos sobre el padrón electoral (avalado por la OEA) o sobre una surrealista historia por la que más de medio millón de venezolanos vendrían a votar en el referéndum del 10 de agosto.
Pero, sobre todo, se ha fomentado un discurso del miedo y del odio. Miedo al socialismo (que, verdaderamente, representa una versión democrática y plural, consciente del mundo actual) y odio al indígena. Al que se ha llegado a negar, afirmando que Bolivia es un país de "blancos y mestizos" (cuando la población indígena del país alcanza el 60% del total).

Para conseguir alcanzar tan alto grado de conflictividad social, la oposición cuenta (como ocurre en otros países latinoamericanos, como Venezuela) con un potente instrumento, más poderoso que un arma de destrucción masiva: los medios de comunicación. Una maquinaria capaz de construir de la mentira una supuesta verdad. Donde se refleja una Bolivia que cualquier avezado observador que pasee por las calles del país podrá comprobar como irreal. Donde se vende un "American style of life", que excluye el color indígena y pinta al Gobierno de Morales como a un tiránico régimen donde no cabe democracia alguna.
Este estilo mediático, agresivo y fuertemente clasista y racial, ha llevado a preocupantes incidentes como los ocurridos en Sucre en mayo (como puede observarse en el excelente documental del italiano César Brie, "Humillados y ofendidos" ), donde indígenas campesinos eran apaleados y discriminados como en las peores épocas del nazismo, o a toda una serie de falsedades, caricaturizantes de la realidad, como la de pintar a Evo Morales como un monigote del gran "caudillo" Hugo Chávez (Presidente venezolano que ha visto, reiteradamente, avalada su gestión en las urnas y cuando no ha sido así, no ha llevado a cabo el proyecto planteado al pueblo, como en diciembre de 2007).
Del mismo modo, se ha pretendido distorsionar la situación económica lograda en el periodo de gestión de Morales y García Linera. Frente al bulo generalizado de un empeoramiento de la economía en el país, durante el mandato del MAS, se han multiplicado las reservas internacionales, se ha conseguido un inédito superávit fiscal y se ha invertido como nunca antes en infraestructuras, educación y sanidad. Asimismo, frente a los apocalípticos anuncios de la oposición de fuga de la inversión extranjera y de peligros de la propiedad privada, el Gobierno de Morales planea nuevos retos de investigación y extracción de recursos naturales y la propiedad privada lícita continúa intacta, cuando no aumentada. El único problema económico real que afronta el país es el de la inflación, motivado en parte por la propia situación internacional, en parte por los sabotajes de las oligarquías del país.
Pero, para comprender la raíz de por qué Bolivia se encuentra al borde del abismo, es necesario visibilizar algo tan cercano aunque tan desapercibido como una realidad cotidiana de décadas y siglos. La de una mayoría vejada, excluida y ridicularizada, en su gran parte indígena, a quienes se les considera (si es que se da el caso) ciudadanos de segunda. Frente a una minoría (generalmente blanca, de origen extranjero) que siempre ha controlado los recursos del Estado para su propio interés y beneficio.
Una transformación de esta situación provoca un profundo revuelo, que roza la guerra civil, alentada por una minoría que busca confundir a parte de la mayoría para que se vuelva contra sí misma. En esa línea, el Gobierno de Morales representa una amenazante revolución ante aquella clase dominante, al transformar los tradicionales núcleos de poder.
Una foto de Bolivia refleja dos poblaciones, que poco o nada tienen que ver. La de una mayoría pobre que sobrevive como puede y la de una minoría, que mira hacia otro lado, que abomina al indígena, y que vive en la mayor de las suntuosidades, con grandes mansiones y con sus hijos estudiando en el extranjero, cuando no pasando juergas en discotecas "fashion" al grito de "Evo, cabrón".

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada