
Como las vacaciones no son una obligación sino, más bien, un acto de atrevimiento que, muy de vez en cuando, a uno le atrapa, digamos que durante las últimas semanas quien escribe fue amarrado por ellas. Tiempo suficiente para observar un mundo que parece resquebrajarse por momentos, debido a un cruel sistema llamado Capitalismo y que, aún auto vendido como la panacea salvadora de la humanidad, no produce otra cosa que hambruna, guerra y sinsentido.
Un caos que se ha agudizado en los últimos tiempos, tras el estallido manifiesto de una crisis económica mundial. La paranoia colectiva se apodera de todos. Los precios se encarecen. La clases medias estrechan su consumo. El altavoz mediático alza el tono hasta extremos chirriantes. El mundo financiero se despierta un día sí y otro también con el miedo al sobresalto. Y EEUU empieza a dar muestras evidentes de un declinar como Imperio que, a priori, parece imparable.
Sin embargo, la excepcionalidad de la crisis no es tal pues el sistema en sí es un modelo que funciona en perpetuo estado de crisis. Necesita de ella para funcionar. A pesar de los apocalípticos anuncios, el esquema básico del capitalismo continúa indemne. Los dirigentes de las grandes corporaciones (puesto que, al fin y al cabo, lo que hay detrás de estas monstruosas empresas son personas) acumulan más y más, como siempre. Y sino, basta dedicar unos minutos a la prensa de los últimos meses para comprobar cómo, aún cuando quiebra una de esas grandes corporaciones, sus consejos de administración salieron, francamente, muy bien parados. Tal vez, uno o dos chivos expiatorios se vean afectados, pero el resto continuará con su mismo modus vivendi.
Por el contrario, al otro lado, los miserables. Los que nada tienen. Y como vacías encuentran sus manos, vacías se quedan. Con o sin crisis. Ésas son las reglas de juego. Para que un porcentaje mínimo de población pueda vivir en la extrema suntuosidad, un porcentaje máximo lo hace en la extrema pobreza.
La crisis, en definitiva, de lo que se trata es de una eufemística reestructuración. De que todo cambie para que todo siga igual. De que cuando las tendencias a las que conduce el capital colapsan por llegar a su máxima plenitud, se enmiende la plana para, pasado un tiempo, la máquina continúe engrasada.
Sin embargo, sí se da una circunstancia de excepcionalidad con la llegada de las crisis manifiestas: la amenaza sobre la situación de las clases medias, que son las que, real o psicológicamente, se ven afectadas por su advenimiento. Un empeoramiento del nivel de vida, un frenazo en el consumo (verdadero o imaginado) y una percepción aterradora de poder resbalarse hacia el fondo de la escala social produce, en esta clase, un sentimiento de pánico que conduce, llevado al extremo, y de forma casi inexorable, a uno de dos caminos: el fascismo o la revolución.
Hasta ahora, la gran crisis económica que conocía el mundo contemporáneo había sido la que desembocó en el "crack" bursátil de 1929. Cuyo resultado condujo al ascenso fulgurante de los fascismos. Hoy, esa crisis, y según los grandes gurús, se ha visto superada en gravedad por la actual. Visto que la revolución no parece darse de momento, ¿estaremos asistiendo a un nuevo auge del fascismo? ¿Nos encontramos ante un fascismo que aprendió históricamente y que cambió sus formas pero que conserva intacto su fondo? O, simplemente, ¿ponen las crisis manifiestas al descubierto la verdadera y única esencia del Capitalismo como sistema? ¿Y si ésta no es otra que el fascismo?

1 comentarios:
No se si del fascismo, pero sí de una reacción ultranacionalista, con lo bueno y con lo malo. tiene sentido, esta crisis al igual que la del 29 se produce por un exceso de internacionalización del capital descontrolada. La reacción de la nación ante las consecuencias sueleser un repliegue sobre sí misma.
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