Lo que es innegable es que algo ocurre en América Latina. La situación geopolítica actual nunca se ha dado hasta ahora. Toda el área (con las excepciones notables de Colombia -donde se vive una guerra civil-, México -donde Calderón venció por la mínima y de forma cuestionable al candidato de la izquierda- y Perú -que se suma a alguno de los pactos-) comparte un discurso que resulta, al menos, novedoso en las palabras. Se habla de inclusión, de reconocimiento de derechos, de soberanía, de relaciones regionales, de dignidad y, sobre todo, de erradicar el devastador neoliberalismo que arrambló, de forma especialmente cruenta, con estas sociedades en la época de los noventa.
Sin duda, este espíritu de cambio comienza con la llegada de Hugo Chávez como Presidente democráticamente elegido en Venezuela. A partir de él, poco a poco, se ha extendido por la región un nuevo discurso que rompe con lo anterior y que comienza a buscar mayor independencia de EEUU y la reconstrucción de un Estado que se encontraba en coma permanente.
La victoria de Rafael Correa es un añadido más a esta proceso. Si hace semanas ya ocurrió en Bolivia (con la reafirmación implacable de Evo Morales), ahora Ecuador refrenda la nueva Constitución con un porcentaje de votos afirmativos cercano a los dos tercios. Un respaldo prácticamente impensable en cualquier democracia europea. De ahí que los cuestionamientos efectuados por algunos líderes occidentales sobre la legitimidad de estos mandatarios latinoamericanos suene a mofa cuando no a falta de respeto a los propios pueblos.
Aunque la ya nueva Constitución encubre algunos riesgos, no deja de representar un importante punto de quiebra en la historia política del país. Ya sólo sea por el respaldo que ha obtenido, merece la pena reflexionar sobre la necesidad que el pueblo tenía de dotarse de un nuevo sistema político. Ahora Correa deberá saber conservar ese apoyo aglutinado y no derrochar el caudal de confianza que le fue otorgado. Además de tener la suficiente inteligencia como para leer la situación actual del país, apreciar la importancia de los apoyos críticos (en especial, el de los grupos indígenas) y saber pactar para lograr los recursos esenciales que lleven a buen término las profundas y urgentes transformaciones socio económicas que el Ecuador demanda. Y todo ello, sin dilapidar el medio ambiente.
Asimismo, Correa se enfrenta al reto de volver a encontrar la comunión pasada con los movimientos sociales, frenar el papel predominante del ejército y rebajar la influencia de las ONGs y fundaciones extranjeras.
En todo caso, la victoria del "Sí" es una buena noticia para los pueblos de la región. Y un golpe más para EEUU, una potencia en declive, que en otra época hubiese frenado ya todo este proceso de transformación en su tradicional patrio trasero, ya fuese por la vía militar o por medio de la inteligencia. Sin embargo, el que no lo haya hecho, no significa que no lo haya intentado. Simplemente, es que, tal vez, ya no puedan. Aunque, a pesar de ello, no debe infravalorarse las nuevas tácticas desestabilizadoras patrocinadas por el vecino del norte, como la "media luna" boliviana o su intento de réplica en Ecuador, donde Guayaquil pasa por ser Santa Cruz...
Pero lo que está claro es que tanto teóricamente como en la práctica, América Latina representa hoy la vanguardia de los cambios que se dan en el mundo.
lunes 29 de septiembre de 2008
sábado 27 de septiembre de 2008
Ecuador: razones para el "Sí"... y para la sospecha
Ecuador decide este domingo. El proyecto de Constitución inspirado por el Presidente del país, Rafael Correa, será sometido a votación por el pueblo. Todos los ecuatorianos (el voto es obligatorio) deberán mostrar su confianza o rechazo al texto elaborado durante los últimos meses en la ciudad de Montecristi. A favor o en contra, lo cierto, es que tanto la mayoría de los partidarios del "Sí" como los del "No" comparten una cualidad: la de desconocer buena parte del extenso texto (más de cuatrocientos artículos). Según las últimas encuestas,de Informe Confidencial, el 57% de los ciudadanos dará su apoyo al proyecto.
La Constitución incluye un grupo importante de novedades. Desde el reconocimiento de lenguas (el kichwa, el shuar y el resto de lenguas ancestrales) o la proclamación del Estado como laico hasta el concepto de soberanía alimenticia. También forman parte del texto derechos como los reconocidos a la naturaleza y a las comunidades indígenas, la defensa de la biodiversidad y de la variedad cultural, la inclusión de un seguro social para las amas de casa o la formulación de nuevas maneras de democracia directa, como el mandato revocatorio de los cargos electos.
Sin duda, todos estos temas conforman un grueso que, en conjunto, amplían el marco de derechos de los ciudadanos y que le dan al país un carácter eminentemente progresista. No obstante, otras cuestiones han quedado un tanto empantanadas, como el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo o un avance en la regulación del aborto.
Conocidas las últimas décadas del país, la Constitución supone un notable avance. El hecho de que la oposición arremeta con fuerza contra el proyecto (los tradicionales "politiqueros", los mismo que saquearon al Ecuador durante la etapa más abiertamente neoliberal) refleja hasta qué punto se introducen cambios en algunos aspectos. Hasta aquí los argumentos que empujan al "Sí".
Sin embargo, las constituciones no suponen un mero escrito sino, más bien, el establecimiento de unas reglas de juego en un contexto determinado (aunque la mayoría de las veces queden relegadas a meras declaraciones de intención), que necesitan ser desarrolladas a través de vías legales y dotadas de fondos económicos que permitan hacer las transformaciones oportunas.
El proceso constituyente ha ido indisolublemente ligado al actual Presidente del país, Rafael Correa. Lo que ha convertido, en cierto modo, la votación de este domingo en un refrendo a su persona... y es, justo aquí, donde comienzan los grandes interrogantes.
Durante los meses en los que Correa ha ocupado el máximo cargo del país, se han podido apreciar algunas tendencias un tanto sospechosas, que no rompen con el pasado. Su exceso de personalismo, mezclado en ocasiones con cierto carácter autoritario, su ruptura con el movimiento indígena y su postura, cuanto menos, ambigua hacia los recursos naturales, acompañado de ciertas polémicas medidas -como la legalización de la pesca incidental de la aleta de tiburón- y de algunos sucesos de represión -como los acontecidos en algunas comunidades del país (por ejemplo, lo ocurrido en Dayuma)-, junto al mantenimiento de las prerrogativas de las que disfruta el ejército, obliga a cuestionarse que exista en el Ecuador una verdadera "revolución ciudadana".
En este proceso tan marcadamente personalista no pueden obviarse hechos como la sintomática dimisión del Presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta, el más ambientalista y cercano a los indígenas de los miembros que forman el variado grupo que rodea a Correa. Porque es precisamente éste, lo diverso del origen de sus asesores, otro de los motivos para el desconcierto. Sobre todo, por el peso de políticos que vienen del viejo "establishment" (incluso del centro derecha o de la derecha) y de diferentes miembros de ONGs y Fundaciones extranjeras, incluida USAID.
A pesar de que los grandes brochazos de la Constitución animan al "Sí", la letra pequeña de la Carta Magna provoca cierto estupor que conduce al voto nulo. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el modelo que se configura refuerza considerablemente al Poder Ejecutivo sobre el resto (lo que siempre es un peligro), abre el camino a una política estatal claramente extractivista (puesto que en caso de conflicto sobre los recursos naturales, las comunidades indígenas siempre llevarán las de perder frente a un eventual decreto presidencial) y, lo que es aún peor, se incluye la posibilidad de una privatización encubierta de bienes tan esenciales (y tan pomposamente proclamados en el texto) como el agua, vía concesiones.
Tal vez, Correa no sea el peligro... pero ¿y si dentro de dos años cae? ¿Habrá quien use estos mecanismos para fines poco o nada alentadores?
¿Se le llamará entonces "revolución ciudadana"?
La Constitución incluye un grupo importante de novedades. Desde el reconocimiento de lenguas (el kichwa, el shuar y el resto de lenguas ancestrales) o la proclamación del Estado como laico hasta el concepto de soberanía alimenticia. También forman parte del texto derechos como los reconocidos a la naturaleza y a las comunidades indígenas, la defensa de la biodiversidad y de la variedad cultural, la inclusión de un seguro social para las amas de casa o la formulación de nuevas maneras de democracia directa, como el mandato revocatorio de los cargos electos.
Sin duda, todos estos temas conforman un grueso que, en conjunto, amplían el marco de derechos de los ciudadanos y que le dan al país un carácter eminentemente progresista. No obstante, otras cuestiones han quedado un tanto empantanadas, como el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo o un avance en la regulación del aborto.
Conocidas las últimas décadas del país, la Constitución supone un notable avance. El hecho de que la oposición arremeta con fuerza contra el proyecto (los tradicionales "politiqueros", los mismo que saquearon al Ecuador durante la etapa más abiertamente neoliberal) refleja hasta qué punto se introducen cambios en algunos aspectos. Hasta aquí los argumentos que empujan al "Sí".
Sin embargo, las constituciones no suponen un mero escrito sino, más bien, el establecimiento de unas reglas de juego en un contexto determinado (aunque la mayoría de las veces queden relegadas a meras declaraciones de intención), que necesitan ser desarrolladas a través de vías legales y dotadas de fondos económicos que permitan hacer las transformaciones oportunas.
El proceso constituyente ha ido indisolublemente ligado al actual Presidente del país, Rafael Correa. Lo que ha convertido, en cierto modo, la votación de este domingo en un refrendo a su persona... y es, justo aquí, donde comienzan los grandes interrogantes.
Durante los meses en los que Correa ha ocupado el máximo cargo del país, se han podido apreciar algunas tendencias un tanto sospechosas, que no rompen con el pasado. Su exceso de personalismo, mezclado en ocasiones con cierto carácter autoritario, su ruptura con el movimiento indígena y su postura, cuanto menos, ambigua hacia los recursos naturales, acompañado de ciertas polémicas medidas -como la legalización de la pesca incidental de la aleta de tiburón- y de algunos sucesos de represión -como los acontecidos en algunas comunidades del país (por ejemplo, lo ocurrido en Dayuma)-, junto al mantenimiento de las prerrogativas de las que disfruta el ejército, obliga a cuestionarse que exista en el Ecuador una verdadera "revolución ciudadana".
En este proceso tan marcadamente personalista no pueden obviarse hechos como la sintomática dimisión del Presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta, el más ambientalista y cercano a los indígenas de los miembros que forman el variado grupo que rodea a Correa. Porque es precisamente éste, lo diverso del origen de sus asesores, otro de los motivos para el desconcierto. Sobre todo, por el peso de políticos que vienen del viejo "establishment" (incluso del centro derecha o de la derecha) y de diferentes miembros de ONGs y Fundaciones extranjeras, incluida USAID.
A pesar de que los grandes brochazos de la Constitución animan al "Sí", la letra pequeña de la Carta Magna provoca cierto estupor que conduce al voto nulo. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el modelo que se configura refuerza considerablemente al Poder Ejecutivo sobre el resto (lo que siempre es un peligro), abre el camino a una política estatal claramente extractivista (puesto que en caso de conflicto sobre los recursos naturales, las comunidades indígenas siempre llevarán las de perder frente a un eventual decreto presidencial) y, lo que es aún peor, se incluye la posibilidad de una privatización encubierta de bienes tan esenciales (y tan pomposamente proclamados en el texto) como el agua, vía concesiones.
Tal vez, Correa no sea el peligro... pero ¿y si dentro de dos años cae? ¿Habrá quien use estos mecanismos para fines poco o nada alentadores?
¿Se le llamará entonces "revolución ciudadana"?
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martes 23 de septiembre de 2008
El retorno y la crisis

Como las vacaciones no son una obligación sino, más bien, un acto de atrevimiento que, muy de vez en cuando, a uno le atrapa, digamos que durante las últimas semanas quien escribe fue amarrado por ellas. Tiempo suficiente para observar un mundo que parece resquebrajarse por momentos, debido a un cruel sistema llamado Capitalismo y que, aún auto vendido como la panacea salvadora de la humanidad, no produce otra cosa que hambruna, guerra y sinsentido.
Un caos que se ha agudizado en los últimos tiempos, tras el estallido manifiesto de una crisis económica mundial. La paranoia colectiva se apodera de todos. Los precios se encarecen. La clases medias estrechan su consumo. El altavoz mediático alza el tono hasta extremos chirriantes. El mundo financiero se despierta un día sí y otro también con el miedo al sobresalto. Y EEUU empieza a dar muestras evidentes de un declinar como Imperio que, a priori, parece imparable.
Sin embargo, la excepcionalidad de la crisis no es tal pues el sistema en sí es un modelo que funciona en perpetuo estado de crisis. Necesita de ella para funcionar. A pesar de los apocalípticos anuncios, el esquema básico del capitalismo continúa indemne. Los dirigentes de las grandes corporaciones (puesto que, al fin y al cabo, lo que hay detrás de estas monstruosas empresas son personas) acumulan más y más, como siempre. Y sino, basta dedicar unos minutos a la prensa de los últimos meses para comprobar cómo, aún cuando quiebra una de esas grandes corporaciones, sus consejos de administración salieron, francamente, muy bien parados. Tal vez, uno o dos chivos expiatorios se vean afectados, pero el resto continuará con su mismo modus vivendi.
Por el contrario, al otro lado, los miserables. Los que nada tienen. Y como vacías encuentran sus manos, vacías se quedan. Con o sin crisis. Ésas son las reglas de juego. Para que un porcentaje mínimo de población pueda vivir en la extrema suntuosidad, un porcentaje máximo lo hace en la extrema pobreza.
La crisis, en definitiva, de lo que se trata es de una eufemística reestructuración. De que todo cambie para que todo siga igual. De que cuando las tendencias a las que conduce el capital colapsan por llegar a su máxima plenitud, se enmiende la plana para, pasado un tiempo, la máquina continúe engrasada.
Sin embargo, sí se da una circunstancia de excepcionalidad con la llegada de las crisis manifiestas: la amenaza sobre la situación de las clases medias, que son las que, real o psicológicamente, se ven afectadas por su advenimiento. Un empeoramiento del nivel de vida, un frenazo en el consumo (verdadero o imaginado) y una percepción aterradora de poder resbalarse hacia el fondo de la escala social produce, en esta clase, un sentimiento de pánico que conduce, llevado al extremo, y de forma casi inexorable, a uno de dos caminos: el fascismo o la revolución.
Hasta ahora, la gran crisis económica que conocía el mundo contemporáneo había sido la que desembocó en el "crack" bursátil de 1929. Cuyo resultado condujo al ascenso fulgurante de los fascismos. Hoy, esa crisis, y según los grandes gurús, se ha visto superada en gravedad por la actual. Visto que la revolución no parece darse de momento, ¿estaremos asistiendo a un nuevo auge del fascismo? ¿Nos encontramos ante un fascismo que aprendió históricamente y que cambió sus formas pero que conserva intacto su fondo? O, simplemente, ¿ponen las crisis manifiestas al descubierto la verdadera y única esencia del Capitalismo como sistema? ¿Y si ésta no es otra que el fascismo?
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